Fragmentos en blanco y negro -una serie en carboncillo sobre papel Ingres y formato 70 x 70- nace de mi interés por incorporar a la pintura una mirada femenina sobre el cuerpo masculino como paisaje, como objeto, desprovisto de las notas que suelen asociarse a la masculinidad (inteligencia, racionalidad, poder…). Una forma de representar al hombre por parte de la mujer que ha sido infrecuente en la pintura.

El desnudo ha sido en el arte de los últimos tiempos, fundamentalmente,  un desnudo femenino, en el que la mujer aparece como objeto de deseo del hombre heterosexual. Mientras que el hombre heterosexual se permite cosificar a la mujer (o también a otro hombre en la expresión de un deseo homosexual) y convertir su cuerpo en simple objeto de su mirada y su deseo, rara vez expone la mujer un punto de vista similar.

La belleza, la atracción física y la capacidad de seducción son características que nuestra sociedad suele ensalzar en las mujeres y asociarse a la femineidad. Presentarlas como atributo del hombre es una forma de romper tabúes, estereotipos y silencios de realidades innegables. Pero también puede entenderse como denuncia. Si la representación del hombre como mero objeto de la mirada femenina nos resulta chocante por cuanto implica despersonalizarlo y cosificarlo, en el fondo de la transgresión puede haber también una reivindicación de la necesidad de personalizar y descosificar a la mujer en su representación artística por el hombre: de tomar conciencia de la subordinación y despersonalización que ha sufrido lo femenino en el arte. O quizás no: quizás se trate de poner de manifiesto que tanto hombre como mujer pueden ser eventualmente cosificados y convertidos en simple objeto de mirada y deseo del otro, sin que ello deba juzgarse negativamente.

Desde esta perspectiva, con la serie reivindico el cuerpo sin más, la belleza física en sí, independientemente de dónde se encuentre, sea en la mujer o en el hombre y rindo tributo al hombre en cuanto simple y pura realidad física, desprovisto de sus atributos de poder e inteligencia, de sus atributos sociales, de su rol establecido; rindo tributo al hombre en cuanto parte de la naturaleza y de la belleza. Por ello, en la medida en que la serie presenta el cuerpo masculino como ideal de belleza, es también un homenaje al arte de la antigüedad, al clasicismo y al dibujo.

El cuerpo aparece únicamente en fragmento. La fragmentación elimina la individualidad y subjetividad del hombre; sirve a la objetivación y despersonalización que implica exponer el cuerpo masculino como un elemento más de la naturaleza, como deleite de la mirada. Pero, además, la representación fragmentada alude a que hay vida más allá del papel y, por tanto, una individualidad o subjetividad que escapa del cuerpo: no somos solo materia.

La composición de cada cuadro responde al mero capricho, a la simple admiración que puede despertar un rincón o una pose del cuerpo del hombre. En la elección me he dejado pues llevar por el simple deleite de la mirada, sin imponer más regla que el deseo de “congelar” ese deleite y compartirlo mediante su representación artística.

El formato cuadrado (70 x 70) es un formato sólido, que invita a mirar el cuadro, a pasear por el fragmento de cuerpo, realizando un movimiento de la mirada en espiral. Su equilibrio –el equilibrio del cuadrado- emana serenidad, estabilidad, abstracción, y ofrece un marco ideal para la presentación de la belleza de cualquier objeto; en este caso, del cuerpo masculino. Pese a ese equilibrio y neutralidad, el formato cuadrado ha sido, por lo general, poco utilizado en pintura, frente al formato rectangular, tan usado en el retrato y el paisaje. El recurso al cuadrado enlaza con la modernidad y ofrece, así, un contrapunto al primitivismo de la técnica del carboncillo y al aparente clasicismo del tema.

Si como dicen, cada tema impone el uso de una técnica determinada, la serie había de realizarse en carboncillo. El carboncillo es uno de los materiales más antiguos utilizado por el hombre en la representación artística. Por su antigüedad, el carboncillo evoca lo primitivo, como primitivo es el sexo y el deseo, el gusto por el cuerpo.

El carboncillo se obtiene de la combustión de pequeñas ramas de árboles o arbustos, lo que ayuda a reforzar la idea del hombre como mera realidad física, como parte de la naturaleza, como parte de la belleza de lo creado. Pero, sobre todo, el carboncillo es polvo, materia volátil cuyo uso apela a la condición mortal del hombre; a la condición temporal de la belleza y del cuerpo. Al polvo se lo lleva el viento, igual que al hombre y a su belleza se lo lleva el tiempo.

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